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                         HUELVA, UN SUEÑO ATLÁNTICO

Muelle del Tinto
  • Desde los escarpes que en su margen izquierdo flanquean al río Tinto, se asomaba Juan Ramón Jiménez a lomos de su dulce burrillo a divisar, lejana y rosa, los cabezos de una Huelva plácida en la otra orilla. Y es que los recios y descomunales cabezos, auténticos promontorios, baluartes y bastiones defensores de los tiempos de la piratería que asolaba estas costas, han dominado por su altura toda la ciudad llana, poblado, ría, marismas y allá en lontananza la cinta plateada de la mar océana.
  • La más antigua ciudad de Occidente junto a Cádiz, abre un pasado que se remonta al mítico reino de Tartessos, que dejó sobradas muestras de luminosas leyendas. Los fenicios y cartagineses explotaron las minas de plata, cobre y hierro de Onuba, que fue luego la Ghelbah árabe hasta ser conquistada por Alfonso X en 1257. Basta con pasear los interiores del Museo Provincial para hallar las diferentes pieles que Huelva fue luciendo a lo largo de los años. Pero un terremoto acabó, en 1755, con las huellas más importantes de esas civilizaciones dejándonos la iglesia mayor de san Pedro, mudéjar, gótica y barroca a la vez, aunque ligada al desaparecido castillo, la cercana y renacentista de la Concepción, o la coqueta ermita de la Soledad, barroca como la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, levantada en 1606 formando parte del antiguo convento del mismo nombre fundado un año antes por don Alonso Pérez de Guzmán, señor de la entonces villa, y como muchas imágenes de mérito que atesoran los templos de la ciudad.
Colon
  • No obstante, en esta tierra halla el mejor cobijo, de manera muy especial, la epopeya del Descubrimiento: de aquí zarpó la expedición de Colón y, posteriormente, otras muchas hacia el Nuevo Mundo. El Almirante abre las puertas de la ciudad, en la que su presencia es constante: por donde desembocan los ríos Tinto y Odiel el Monumento a la Fe Descubridora, escultura realizada por la artista Gertrude Vanderbilt Whitney regalo de Estados Unidos a Huelva por su significación histórica; y por la céntrica plaza de Las Monjas, la estatua que sí representa a Colón señalando con su brazo atlántico, muy cerca de la Casa que lleva su nombre, la más bella de la ciudad, actualmente centro cultural.

  • Como si se tratase de un fragmento urbano que sobrevive dentro de la ciudad moderna, hallamos el cobijo a la Huelva británica en el muelle minero de Riotinto Company. Cuando los ingleses llegaron para explotar las minas del interior de la provincia en el siglo XIX pusieron en pie barrios enteros, como el dedicado a la Reina Victoria, donde imprimieron sus postulados arquitectónicos. Y el embarcadero de mineral es uno de los mejores ejemplos de la ingeniería del hierro que aún se conservan en Andalucía. Ese eclecticismo, esa feliz mezcla de estilos y culturas se manifiesta también en el Gran Teatro, el escenario principal de una ciudad intrépida y culta.

  • Eternamente marinera, Huelva se abre a un sinfín de rutas. Cada una de ellas está adscrita a una identidad natural, pues la naturaleza suscita encantos sobrados para fascinar entre los espacios protegidos únicos de Doñana, las llanuras y campiñas de la Tierra Llana, la abrupta y severa cuenca minera, las norteñas sierras maternales que unen toda Andalucía, y el sureño y ancho mar por el que se desliza el sueño valiente de esta tierra. Cinco comarcas distintas y un solo ser verdadero, Huelva, que guarda aún en su milagrosa luz la emoción de los descubrimientos insospechados.

 

  • Juan Castizo Reyes
    Historiador
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